Libia y la transformación de la izquierda occidentalista en izquierda OTANista

Libia y la transformación de la izquierda
occidentalista en izquierda OTANista

Por: Albert Escusa

La izquierda OTANista, que tanto ha gritado contra las «masacres de Gaddafi» y por la «revolución Libia», intenta ahora no salir fotografiada demasiado cerca de la OTANDescripción: http://www.lahaine.org/skins/basic/img/espaciador.gif

La izquierda occidentalista y la ruptura con el internacionalismo

Vivimos en el período histórico en el cual la izquierda occidentalista se transforma en izquierda OTANista.
Cuando coinciden el discurso, los referentes morales y los objetivos de la izquierda con los de sus supuestos enemigos –los representantes del capitalismo y el imperialismo, y su brazo armado, la OTAN– es que algo anda muy mal entre la izquierda. Y no sólo por la coincidencia de ideas sin peligro real: la crisis capitalista mundial, iniciada en 1973 y acelerada tras la desaparición de la URSS en 1991, empuja a las diferentes potencias imperialistas a una sucesión de brutales agresiones militares y de ocupación neocolonial de los países cuyos gobiernos no pueden controlar directamente y que además disponen de abundantes recursos naturales. El consenso entre una buena parte de la izquierda occidental y el imperialismo en la necesidad de destruir el régimen libio y aniquilar a Gaddafi es muy preocupante: Libia es un eslabón de una larga cadena de agresiones que se preparan contra todos aquellos Estados que conserven aunque sea cualquier vestigio de independencia y soberanía nacional.

Las actitudes de complacencia de la izquierda anti-Gaddafi ante la nueva secuencia de la globalización imperialista desmovilizan a los sectores solidarios e internacionalistas de occidente ante la escalada militarista del imperialismo, que probablemente amenazará pronto con sus golpes de Estado, sus escuadrones de la muerte, sus aviones de combate y sus bombas de uranio empobrecido a países como Siria, Irán, Costa de Marfil, República Democrática del Congo y… quizás Ecuador, Nicaragua, Venezuela y Cuba si persisten en seguir un camino socialmente opuesto al diseñado por la globalización capitalista.

En el caso de Libia, nuevos datos acerca de las implicaciones de las potencias imperialistas en el desencadenamiento de la rebelión anti-Gaddafi, reafirma el convencimiento de que no nos encontramos ante una «revolución contra el tirano» como defienden los medios de comunicación imperialistas y la izquierda occidentalista, sino ante una agresión de tipo neocolonial por parte del imperialismo contra un Estado independiente. Por ello Gaddafi debe ser apoyado por la izquierda internacionalista como el representante de una lucha patriótica anticolonial legítima y necesaria, a pesar de que a ciertas personas les despierte más o menos prejuicios que Gaddafi en lugar de dormir en una habitación con cama lo haga en una “jaima”. ¿Debe ser esa una posición definitiva para siempre? No, puesto que todo régimen político puede evolucionar en un sentido progresista o reaccionario dependiendo de las fuerzas externas e internas que actúan sobre él, pero de lo que se trata es de tomar partido ahora y no esconderse tras las fáciles ambigüedades o las estériles condenas verbales. Estas actitudes sólo sirven para mantener una imagen de progresía artificial y vacía más propia de la izquierda postmoderna carente de ideologías (y de ideas), que repudia con el fanatismo del converso conceptos como luchas de clases, imperialismo y liberación de los pueblos oprimidos, considerados como recuerdos infantiles de una época lejana en la que esta izquierda reciclada cultivaba la pose de la radicalidad y el extremismo.

Algunos sectores de esta izquierda occidentalista, que se dicen seguidores de Marx o Lenin, se escudan en el argumento de que tales regímenes o gobiernos del tercer mundo no tienen nada que ver con el socialismo: aunque eso fuera cierto, algunos han tenido o tienen indiscutibles elementos de progreso social para las masas que el imperialismo desea eliminar, como la reforma agraria, nacionalizaciones, igualdad de la mujer, etc. Pero además, quien plantea ese debate está huyendo del problema, puesto que lo que interesa no es una discusión doctrinal sobre el socialismo en tal o cual país, sino de la lucha contra el imperialismo en el mundo. Por otra parte, es evidente que sólo el pueblo libio debe tener la última palabra para pronunciarse a favor o contra Gaddafi como líder libio.

En diferentes análisis se han presentado pruebas sobre los vínculos entre las organizaciones de oposición libias que lideran la revuelta y la CIA –lo que no excluye la posibilidad que en algunos sectores sociales libios haya un resentimiento sólido contra Gaddafi debido al deterioro de la situación interna del país–, la presencia de tropas especiales de Gran Bretaña y Estados Unidos en las zonas controladas por la oposición, y el contrabando de armas desde Egipto para preparar las «manifestaciones pacíficas» que destruyeron tanques y cuarteles militares e incendiaron multitud de edificios. Nuevos datos parecen validar la tesis de Gaddafi de que tras las revueltas se encuentra también Al Qaeda: según informó el presidente de Chad, organizaciones vinculadas a Al Qaeda asaltaron cuarteles militares en Libia y se apoderaron de una gran cantidad de armamento (1), y los propios dirigentes de la oposición reconocen haber reclutado milicianos de esta criatura terrorista de Estados Unidos para combatir a Gaddafi, mientras que islamistas radicales del Reino Unido se han organizado para apoyar a esta misma oposición (2).

Pero lo más revelador de la injerencia occidental descarada en la «revolución libia» son las pruebas presentadas por un periódico italiano –probablemente reveladas por los servicios de espionaje de este país– sobre la implicación de los servicios de inteligencia de Francia y de cercanos colaboradores de Sarkozy en la compra de algunos altos militares y funcionarios libios, que traicionaron a Gaddafi y que informaron de secretos militares claves y de los sectores sociales y políticos descontentos con el gobierno libio, que deberían ser organizados para la revuelta. Estos altos funcionarios y militares que desertaron y entraron al servicio de Sarkozy fueron después los responsables del desencadenamiento de las revueltas. En realidad, éstas fueron previstas para el día 22 de enero, pero se abortaron debido a la detención del coronel Gehani –el hombre de los franceses en Bengasi– por los militares leales (3), aunque la red clandestina que debía preparar la insurrección ya estaba lista para actuar. No fue fruto de la casualidad que Francia fuera el primer país en reconocer a la oposición de Bengasi como el único gobierno legítimo de Libia, ni tampoco que Gaddafi comparara a esta oposición con la “quinta columna” en el interior de la República española que trabajó por el triunfo del general fascista Franco (4).

A pesar de todas las revelaciones sobre la naturaleza de las revueltas libias y de las bombas “humanitarias” que van masacrando civiles y destruyendo hospitales y otras infraestructuras del «régimen», la izquierda occidentalista prefiere mirar hacia otro lado y seguir con su discurso visceralmente anti-Gaddafi, exigiendo, al igual que Obama, Zapatero, Sarkozy y otros «revolucionarios», la destrucción del régimen libio. Esta izquierda, que se deja arrastrar por las apariencias de los sucesos y rehúye las reflexiones en profundidad, considera que lo que hay en juego es una genuina revolución popular contra una dictadura pro-occidental. Pero el trasfondo real de la crisis libia es la guerra entre varios países, básicamente EE.UU-Francia-Italia-España y Alemania, por el reparto del petróleo libio y la aniquilación de un gobierno poco seguro para el imperialismo, y el veto a China de continuar sus relaciones económicas con Libia. Esta verdad, revelada por los sectores más lúcidos de la izquierda desde el primer instante (algunos intelectuales comprometidos y los gobiernos del ALBA como Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua y otros), ha sido ignorada por la izquierda occidentalista, que tan iluminada se siente para interpretar la realidad política de Libia, pero en cambio navega en la oscuridad cuando de lo que se trata es de elaborar en su propia casa alternativas creíbles que le permitan recibir el apoyo mayoritario de los trabajadores. Es preciso comprender que tras el odio irracional contra el dirigente libio se esconde una política consciente de colonización del país africano por parte de las potencias imperialistas en la que una parte sustancial de la izquierda está colaborando con su irresponsable actitud.

La izquierda occidental y Libia: tres posiciones divergentes

Libia no sólo ha producido una división entre el campo imperialista, entre los atlantistas más acérrimos como Francia y Estados Unidos por una parte, y Alemania –opuesta a la intervención– por otra. A medida que se recrudece la crisis libia se clarifican las posiciones de la izquierda occidental respecto al conflicto, cristalizando lentamente tres posturas divergentes. Las dos primeras están de acuerdo en la demonización de Gaddafi y la criminalización del gobierno libio, pero están divididas entre la corriente belicista y la más o menos antibelicista debido a las discrepancias acerca de la necesidad de una guerra para destruir al régimen de Gaddafi.

La izquierda belicista, muy vinculada a las instituciones y parlamentos de los países imperialistas –aquí encontraríamos a los favorables a la agresión militar, como los ecosocialistas, algunos miembros del Partido de la Izquierda Europea, algunas organizaciones comunistas derechizadas, direcciones de los sindicatos mayoritarios, muchos nacionalistas de izquierda, etc.–, piensa que hay que apoyar la intervención imperialista como mal menor para prevenir las «masacres de Gaddafi contra su pueblo».

La otra postura es antibelicista (con ciertos matices), y aquí entraría la izquierda “Ni-Ni” –ni Gaddafi ni imperialismo–, constituida por algunas organizaciones de la izquierda parlamentaria, otros partidos comunistas y la mayoría de las organizaciones de la extrema izquierda como el trotskismo, plataformas anti-guerra, etc., que apoyan las revueltas armadas y están a favor de la destrucción del gobierno libio. Coinciden con las potencias agresoras en los objetivos, pero difieren en los métodos.

Estas dos posiciones representan dos variantes de la izquierda occidentalista, una izquierda que coincide en considerar que los valores de democracia, derechos humanos, libertad, etc., tal y como son entendidos por el liberalismo burgués europeo, y las formas de organización de las sociedades europeas, son totalmente preferibles a otras formas de gobierno o sociedades que existen en diferentes Estados del Tercer Mundo, definidos genéricamente como «dictaduras» o «autocracias» sobre «pueblos atrasados».

Es una izquierda radicalmente eurocentrista en su forma de ver al resto del mundo y los conflictos sociales en otros países, a pesar de que aparentemente condene el eurocentrismo, y este eurocentrismo a veces también contagia a algunas organizaciones progresistas del tercer mundo, que adoptan miméticamente sus análisis políticos. En la práctica, las dos corrientes de la izquierda occidentalista defienden, aunque sea de forma inconsciente, una solución neocolonial para Libia, al defender la eliminación del que hoy es el líder de la resistencia, el coronel Gaddafi.

Una tercera posición, muy minoritaria en occidente, es la de aquella izquierda que, sin estar necesariamente a favor o en contra del gobierno libio y de Gaddafi, considera que hay motivos importantes para sospechar de la unanimidad en la demonización de Gaddafi, y que hay en marcha una operación del imperialismo para sustituir a un régimen nacionalista del Tercer Mundo –que quiere proteger su petróleo y la independencia del país– por otro que le sea fiel, mediante una clásica operación de agresión; esta izquierda afirma que la postura internacionalista implica, en estos momentos, tomar activamente partido por Gaddafi como máximo representante de un Estado agredido por el imperialismo y abandonar las posibles discrepancias con él y considerarlas ahora como secundarias. En esta última corriente se situarían algunos partidos comunistas y antiimperialistas que no han sucumbido a la propaganda de guerra. A nivel internacional, los gobiernos del ALBA, a pesar de no entrar dentro del ámbito de la izquierda occidental, serían los que con más determinación representan esta postura.

De estas tres corrientes en la izquierda occidental, la formada por la izquierda “Ni-Ni” es la más dañina para el internacionalismo y la solidaridad, puesto que, defendiendo en apariencia posturas antiimperialistas, le otorga legitimidad al imperialismo en su empeño de destruir el Estado libio, a pesar de que esta izquierda se oponga a la guerra. Entre la izquierda “Ni-Ni” el razonamiento es el siguiente: “si el régimen de Gaddafi es tan malo y ha cometido tantos crímenes, es un mal menor que sea aniquilado por la OTAN”. Resultado práctico entre los ciudadanos potencialmente anticolonialistas: “no vale la pena movilizarse contra la agresión, porque no hay diferencias entre agresores y agredidos, todos son igual de malos”. Las dos corrientes de la izquierda occidentalista defienden los mismos objetivos que los gobiernos imperialistas y la izquierda guerrerista: destruir a Gaddafi. Solamente discrepan en los medios, porque algunos piensan que la agresión militar es moralmente rechazable. Esta misma izquierda ha colaborado en que la idea de revolución, que antiguamente aterraba a las clases dominantes, haya sido convertida por los grandes medios de desinformación de masas en sinónimo de su contrario.

La izquierda occidentalista y la propaganda de guerra

La propaganda de guerra contra Libia ha hecho mella entre muchos sectores de la izquierda: palabras pronunciadas desde la visceralidad o la manipulación descarada como «masacres», «tirano», «el régimen que se derrumba ante la revolución», los «mercenarios de Gaddafi», el «genocidio del dictador contra su pueblo», han sido las mentiras sobre las que se han realizado los preparativos de la agresión. Las víctimas –los buenos– son los opositores a Gaddafi, los «revolucionarios», los que tienen «víctimas civiles pacíficas» (a pesar de estar armados con tanques, lanzagranadas o aviones).

Los partidarios de Gaddafi –los malos– no tienen víctimas civiles nunca, como máximo los muertos son «partidarios del régimen», «escudos humanos» o «mercenarios africanos» y por lo tanto los misiles y las bombas de la OTAN pueden atacarlos impunemente. El guión no es nuevo, se ha repetido numerosas veces y se ha perfeccionado desde Yugoslavia, Irak y Afganistán. Pero entre una parte sustancial de la izquierda y de la extrema izquierda occidental, la desmemoria –o algo mucho peor– parece haberse convertido en una seña de identidad. Para la izquierda occidentalista, la palabra anticolonialismo debería ser relegada al museo de la historia definitivamente.

Las organizaciones de izquierdas –entre las que se encuentran algunas que teóricamente representan posturas ideológicas opuestas–, que desde sus atalayas moralizantes y sus vacíos evangelios ideológicos están promoviendo el derrocamiento de Gaddafi y argumentan que las masas libias luchan por un régimen político y social mejor que el actual, ya tienen motivos para nuevos festejos y celebraciones. Esta izquierda lanza los dardos verbales, fabrica las lecciones de moral contra Gaddafi y exigen su eliminación, y la OTAN escucha alegremente estos llamamientos y arroja las bombas, siguiendo el mismo guión que con Milosevic y Saddam, por nombrar dos «demonios»: en esos países, como todos pueden comprobar, también las «masas oprimidas» han conquistado la libertad y la democracia, y un mayor nivel de vida que durante los anteriores regímenes. Por ello esta misma izquierda debió celebrar como una bacanal romana que sus odiados demonios, los dirigentes de la antigua Yugoslavia e Irak, fueran eliminados en nombre de la democracia y los derechos humanos, y que estos países, junto con Kosovo y Afganistán, se convirtieran en los nuevos puestos avanzados de la OTAN tras provocar cientos de miles de víctimas y una gigantesca destrucción de infraestructuras, medios de producción y edificios civiles.

Y es que desde los cómodos púlpitos instalados en los microscópicos vaticanos ideológicos en los que se ha convertido una parte de esta izquierda OTANista, es muy fácil hablar de los “principios revolucionarios” sin tener que preocuparse nunca de aplicar tales principios en la práctica. Por ello la izquierda occidentalista abraza la criminalización de Gaddafi y su régimen, sin dar ni un instante a la duda o a la crítica. Por este motivo se ha convertido voluntariamente no sólo en el referente moral del imperialismo, sino en algo de mucha más substancia: en la vanguardia ideológica de la OTAN. Tras cada «régimen delincuente» atacado por la izquierda occidentalista y derribado por el imperialismo, se instalan automáticamente bases militares de la OTAN.

La izquierda OTANista, las «masas revolucionarias» y el mesianismo occidentalista

La izquierda OTANista representa en realidad, más que un lobby anti-Gaddafi, una especie de movimiento político informal que abarca a varios países, agrupando a algunas organizaciones de la izquierda o la extrema izquierda. Éstas últimas, normalmente con escasa o nula influencia entre las masas de sus propios países, son las que más se entusiasman cuando ven llenarse las calles y plazas en los exóticos países lejanos. Y por ello, cuando ve movimientos de masas en cualquier parte del mundo, automáticamente sufre una excitación nerviosa que le impulsa a repetir obsesivamente, con la voz metálica de un robot, la consigna que le fue programada en el laboratorio: «revolución». Para esta izquierda, todas las masas en la calle son revolucionarias por naturaleza: tanto los alemanes de Checoslovaquia que en 1938 llenaban las calles porque querían ser anexionados por la Alemania nazi, como los trabajadores griegos que han protagonizado varias huelgas generales contra las medidas antisociales de la Unión Europea, o como los estudiantes venezolanos hijos de papá, que trataron de paralizar las universidades y desestabilizar el país en protesta por una ley del gobierno bolivariano que garantizaba el acceso a la universidad para los pobres. En el gen originario de la izquierda occidentalista está escrito que todos ellos forman parte, en potencia, de las gloriosas «masas revolucionarias» llamadas a cambiar el curso de la historia independientemente de las posiciones que defiendan.

En el caso libio no es de extrañar que este esquematismo mental de la izquierda eurocentrista haya activado su mesianismo occidentalista: ante la revuelta antigubernamental de algunos sectores sociales y de organizaciones de la oposición contra el gobierno libio (que, lejos de ser pacíficos, disponen de aviones, tanques y gran cantidad de armas, y al menos una gran parte de ellos tiene conexiones demostradas con la CIA, los sionistas y otras agencias imperialistas), el esquematismo de esta izquierda equipara automáticamente la crisis libia con las revoluciones en Túnez, Egipto y otros lugares: como todos hablan árabe y tienen la piel tostada por el sol –razona la izquierda eurocentrista–, todos persiguen los mismos objetivos, defienden los mismos intereses y luchan por los mismos ideales. Así, a esta izquierda le es indiferente que quienes se manifiesten sean los sindicatos tunecinos, el pueblo saharaui, los partidos comunistas ilegalizados, los jóvenes liberales y pro-yanquis egipcios, la oposición anti-Gaddafi residente en Egipto dirigida por la CIA y Sarkozy, las mujeres que luchan por sus derechos, los islamistas radicales o las masas empobrecidas.

Decía Lenin, en referencia a los movimientos anticoloniales de los países oprimidos, que éstos debían ser apoyados por la Internacional Comunista con el objetivo de favorecer la formación de partidos proletarios independientes de la burguesía revolucionaria de las colonias. Y por ello la izquierda OTANista se ha puesto manos a la obra: en las mentes de esta izquierda, los que protestan contra Gaddafi y que luchan bajo las banderas de la reaccionaria monarquía libia así como y las bandas de Al Qaeda se convierten en el ardiente «proletariado revolucionario» con sus rojas banderas. Las organizaciones de oposición financiadas y armadas por la CIA son, ni más ni menos, el partido de vanguardia de este curioso «proletariado» libio. Y a esta magnífica cinematografía de exaltación revolucionaria sólo le faltaría unas escenas en las que el ejército de la OTAN se convierta en el nuevo Ejército Rojo que desembarca en Libia para liberar a África de este “Hitler-Gaddafi”.

Algunos sectores de esta izquierda OTANista, que tanto griterío ha organizado contra las «masacres de Gaddafi» y la «revolución Libia» –a la que algunos, sin ninguna pizca de vergüenza, la sitúan en la onda del “Programa de Transición” de Trotski, o se la considera como la versión árabe del asalto al Palacio de Invierno por parte de los bolcheviques–, intentan ahora no salir fotografiados demasiado cerca de la OTAN y por ello presentan los ataques del imperialismo contra el pueblo libio y contra el ejército de Gaddafi (al que acusan de estar destruyendo a la «revolución libia») como una maniobra de las potencias occidentales, ¡para evitar que triunfe la «revolución libia»! ¿No nos contaba hace unos instantes la izquierda OTANista precisamente que Gaddafi era el enterrador de la revolución libia y que por ello era un dictador tolerado por el imperialismo? ¿Cómo es que ahora el imperialismo está destruyendo el ejército que se nos decía que estaba combatiendo a esta fantástica revolución, y además pretende asesinar a Gaddafi? ¿Nos toman por estúpidos o tienen tanta (des)vergüenza de lo que afirmaban hace unos instantes que intentan lanzar balones fuera ridículamente?

¿Debe ser Gaddafi el nuevo demonio de la izquierda OTANista?

Gaddafi y su régimen han sido invariablemente condenados por amplios sectores de izquierda, incluso por algunos que no entran dentro de la definición de la izquierda OTANista. No se trata aquí de defender al régimen libio como el ideal y a Gaddafi como el revolucionario ejemplar, puesto que eso deberá hacerlo el pueblo libio. Pero es preciso al menos, respecto las graves acusaciones que se le imputan, sopesar los elementos que podrían matizar o poner en duda algunas de las miradas más destructivas sobre Gaddafi. Veamos, pues, algunas dudas que surgen sobre la diabolización de Gaddafi y su régimen:

1)La familia de Gaddafi sería la élite de un sistema dictatorial y corrupto que monopoliza las riquezas petrolíferas del país para amasar una fortuna familiar. En realidad, sobre el sistema político de Libia muy poco conocemos –y la izquierda anti-Gaddafi tampoco nos da ningún detalle más allá de la cantinela de la «dictadura» o la «autocracia»–, excepto que no existen partidos políticos en el país y que su institucionalidad parece venir, aparentemente, del llamado “Libro Verde” de Gaddafi, y de unos Comités Populares donde están integrados representantes de diversos sectores sociales y tribales, cuyos representantes son elegidos de forma directa por la ciudadanía. Además, también es importante el hecho de que en Libia, el sistema tribal, tiene mucho peso a la hora de las decisiones políticas y la resolución de conflictos: por ejemplo, según informa la Agencia Bolivariana de Noticias, Gaddafi convocó una “marcha verde” de todas las tribus desde Trípoli hacia Bengasi para tratar de resolver los conflictos de forma pacífica (5).

Para la izquierda occidentalista, que desconoce la existencia de otras formas de organización social que las que ha producido el capitalismo en Europa y Norteamérica, estas complejidades no pueden entrar en sus esquemas mentales eurocentristas, donde las categorías del pensamiento liberal (incluso entre algunos que se denominan marxistas y revolucionarios) como democracia/dictadura-buenos/malos son las únicas aceptadas para el análisis social.

2)La familia de Gaddafi utilizaría el petróleo y la represión a su pueblo para enriquecerse constituyendo una autocracia corrupta. Las gravísimas imputaciones de corrupción –a veces realizadas en un tono grotesco, como si Libia fuera el único país corrupto del mundo–, podrían ajustarse a la realidad. Pero, dejando de lado algunas acusaciones sobre supuesto nepotismo o supuestos escándalos de hijos de Gaddafi en Europa, o de las cuentas bancarias en el extranjero que se le atribuyen a la familia –que en realidad representarían los fondos que Libia, como todos los demás países, tienen depositados en el extranjero para la inversión y el comercio internacional–, muy pocas pruebas concretas –por no decir ninguna– sobre las imputaciones de corrupción han sido presentadas, al menos hasta el momento.

Estas acusaciones, por otra parte, de ser falsas podrían enmarcarse en la estrategia de desinformación de la CIA hacia los sectores de izquierda potencialmente solidarios de Gaddafi: la revista Forbes afirma periódicamente –y una gran parte de la población se lo traga– que Fidel Castro es el hombre más rico del planeta, puesto que, al igual que pasa con Gaddafi, se considera que todas las riquezas del país le pertenecen en exclusiva. Por otra parte, los supuestos casos de corrupción practicados por algunos miembros de la familia Gaddafi no tienen por qué salpicar automáticamente a toda la familia o a todas las instancias del Estado: las acusaciones, si son ciertas, hay que probarlas. Testimonios extranjeros que residen en Libia y que explican las reiteradas medidas del gobierno para combatir la corrupción, deberían ser tenidos en cuenta.

3)Gaddafi se ha vendido al imperialismo al permitir inversiones extranjeras, privatizaciones de empresas y relaciones diplomáticas con occidente, y a cambio ha recibido armas «para reprimir a su pueblo». Esta acusación procede sobretodo de muchos que dicen llamarse seguidores de Lenin, quienes «olvidan» que su maestro debió hacer lo mismo para salvar al gobierno bolchevique ruso del colapso. Dejando de lado que gran parte de estas armas no proceden de occidente, sino que son de fabricación soviética, como la mayoría de tanques y aviones, nadie habla del daño que el bloqueo al que las potencias occidentales sometieron a Libia durante muchos años, dañó sensiblemente a la economía y provocó problemas sociales de consideración, sobre todo en los sectores más jóvenes de la población.

Para tratar de salir del aislamiento y asfixia al que occidente le sometió, el gobierno libio lanzó un programa de privatizaciones de empresas públicas, de liberalización y de acercamiento diplomático a occidente. Mediante un matrimonio de conveniencia garantizó el suministro de petróleo libio a los gobiernos imperialistas a cambio de obtener la supervivencia política. Esta política de concesiones –probablemente imprescindible– no podía dejar de provocar descontento social en algunos sectores más perjudicados. Aún así, Libia es el país africano con mayor renta per cápita, distribución de ingresos más equitativa y donde la mujer tiene una posición mucho más igualitaria con el hombre; además se garantizan derechos a la salud y la educación universal –un sueño casi inalcanzable en el resto del continente–, cuestiones que la izquierda occidentalista siempre oculta al hablar de Libia.

Algunas informaciones que consiguen sortear el bloqueo mental y el pensamiento único anti-Gaddafi, están ofreciendo una perspectiva que, desde una mirada crítica de izquierdas –si es que queda algo–, debería al menos considerarse: la posibilidad de que la llamada «dictadura» sea en realidad un conjunto de fuerzas en delicado equilibro y de sectores sociales con intereses diferentes, y que Gaddafi haya representado dentro de este precario el elemento de conciliación de intereses –de «unidad nacional»– al precio de moderar sus antiguas posiciones revolucionarias y antiimperialistas: hay evidencias que indican que la fractura del grupo dirigente libio, que ha conducido al estallido de la rebelión, se debe a la voluntad de Gaddafi de reorientar la política libia –incluyendo propuestas de renacionalización de empresas, un mejor reparto entre la población de las riquezas del petróleo, combatir a la corrupción entre los altos funcionarios– hacia los sectores más desfavorecidos en detrimento de los sectores más aburguesados, occidentalizados y corruptos que se beneficiaron de la etapa de liberalización y acercamiento a occidente.

Además, promovió una reestructuración del gobierno y reformas que permitieran una participación directa de la población a través de los Comités Populares: «No tengáis miedo a redistribuir directamente el dinero del petróleo y a crear estructuras de gobierno más justas y que respondan a los intereses del pueblo» expresó Gaddafi en el año 2008 (6). Si esto fue una frase vacía o una intención real no se puede demostrar, pero el hecho de que altos funcionarios y militares hayan traicionado a Gaddafi y lideren la oposición otorga credibilidad a la hipótesis de que un viraje a la izquierda del líder libio provocara el descontento y el sabotaje de las capas más corruptas y aburguesadas del país, que vieron peligrar seriamente sus intereses. El desenlace ya lo conocemos: connivencia con las potencias enemigas y preparación de una insurrección armada que rápidamente derribara el gobierno. Al fallar estrepitosamente el plan A, se pasa al plan B: intervención directa de la OTAN para sustituir a Gaddafi y colocar un gobierno títere.

El “Frente Popular” anti-Gaddafi y el concepto de democracia de la izquierda OTANista

Para la izquierda OTANista se acabó definitivamente la defensa de la soberanía nacional de los países oprimidos, ya que eso no concuerda con sus “principios revolucionarios: ¡que viva el derecho de injerencia de las potencias occidentales y el imperialismo “humanitario”! En nombre de la lucha contra las dictaduras, la izquierda OTANista sigue la estela de la globalización imperialista y de la balcanización de los países “recalcitrantes”.

En el “Frente Popular” anti-Gaddafi, constituido por un matrimonio de conveniencia de corrientes de izquierdas mutuamente excluyentes, los sectores más vociferantes –que se declaran seguidores del marxismo–, a pesar de sus radicales manifestaciones de fe revolucionarias y de su aparente repudio al sistema de gobierno liberal-burgués (lo que antiguamente en la izquierda se conocía como «democracia burguesa»), en el fondo consideran que esta forma de gobierno occidental es el régimen político deseable para los pueblos oprimidos. Por ello en sus análisis la izquierda occidentalista no dedica ni una palabra a definir el contenido de “dictadura” o de “democracia”, dejando de lado la cuestión fundamental que planteaba Marx o Lenin: dictadura o democracia son conceptos vacíos si no se precisa qué clases o grupos sociales ejercen la dictadura o la democracia, quien controla el Estado y a qué intereses sirve.

La izquierda occidentalista que se reclama del marxismo considera que la democracia burguesa imperialista, que a los ciudadanos occidentales nos otorga algunos derechos como los electorales, libertad de partidos y libertad de expresión –a pesar de que tales derechos estén limitados, manipulados y restringidos para las mayorías, y de dependan en última instancia de la posición social y de la riqueza de cada ciudadano–, es siempre preferible a cualquier otra forma de gobierno que se aleje del patrón establecido por la burguesía o de lo que ellos tienen establecido como solución ideal en sus manuscritos políticos sagrados: la llamadadictadura del proletariado. Y esta dictadura del proletariado, debe aplicarse inmediatamente tanto en las ciudades industriales de occidente, como entre los nómadas de las arenas del desierto, o entre los esquimales del ártico. No hay término medio, según los “marxistas occidentlaistas”: si no se puede implantar la dictadura del proletariado, hay que adoptar la democracia burguesa. Para ellos la democracia burguesa siempre es una forma de gobierno superior a estos regímenes –Cuba, Venezuela, Belarús, y cualquier otro– que, considerados «deformados», intentan sobrevivir como pueden en un mar de dificultades, problemas y contradicciones generadas sobre todo por la amenaza mortal imperialista.

A pesar de que algunas formas de gobierno en el Tercer Mundo hayan representado en algunos casos avances sociales más o menos significativos para sectores sociales marginados –mujeres, obreros, indígenas, pobres, etc.–, deben ser implacablemente borrados del mapa. Es por ello que muchas veces los regímenes antioccidentales surgidos en la periferia del sistema, que pueden llevar en su interior elementos de progreso para las mayoría, pero que adoptan formas políticas “heterodoxas”, causan temor a una buena parte de la izquierda eurocentrista, descolocada por encontrarse fuera de su esquema mental binario “burguesía/proletariado” anclado en la estructura de clases europea de los siglos XIX-XX. En lugar de tratar de aprender de otras experiencias y contextos sociales, esta izquierda reacciona, por el contrario, cultivando actitudes de superioridad y prepotencia, organizando griteríos y gesticulaciones contra el gobernante o régimen de turno que toca ser bombardeado por la OTAN.

Gaddafi frente a la invasión imperialista: internacionalismo frente al OTANismo

El apoyo a las fuerzas antiimperialistas en los países oprimidos, aunque se presente en formas poco “democráticas” según los referentes occidentales, constituía una de las mejores tradiciones de la izquierda, destruida por la izquierda occidentalista.

Si Gaddafi es un héroe o es un villano, deberá decidirlo el pueblo libio libre de la injerencia imperialista, pero no hay dudas de que ahora lidera una lucha antiimperialista y patriótica, y debe ser apoyado por la izquierda consecuente. La opinión respecto a la “pureza revolucionaria” del régimen de Gaddafi es ahora un tema completamente secundario: el líder libio es un dirigente atacado por la maquinaria neocolonial puesta en marcha por el imperialismo. Esto es así pese a los miedos o vergüenzas que tiene la izquierda occidentalista en realizar acciones de solidaridad, escondidas con la fraseología vacía y engañosa de los “principios revolucionarios” que le evitan tener que escoger partido y que le han llevado a asumir la propaganda de guerra de la OTAN para desarmar la solidaridad con el pueblo libio.

Pero la izquierda OTANista que forma parte del “Frente Popular” anti-Gaddafi no puede comprender estas verdades: ayer formó parte del “Frente Popular” anti-Saddam o anti-Milosevic y mañana, en cuanto tenga ocasión, probablemente formará parte del “Frente Popular” anti-Chávez, anti-Morales o anti-Raul Castro. Emborrachada de mesianismo occidentalista, no puede comprender que el centro de la izquierda mundial hace mucho que se desplazó de Europa a otras regiones del mundo donde ha conseguido arraigar entre las masas, esforzándose por ofrecer soluciones concretas a los problemas estructurales y a la pobreza endémica.

Es urgente que la izquierda occidental recupere su sentido de crítica y autocrítica –y ante todo, el verdadero sentimiento antiimperialista y solidario con los pueblos oprimidos, que implica decir las cosas claras aunque sean impopulares, y tomar partido, escoger un bando– si alguna vez quiere volver a convertirse en alternativa para los pueblos de occidente. Pero esas urgencias, lamentablemente, han vuelto a ser ignoradas por una buena parte de la izquierda, por esa izquierda occidentalista que tiene pánico a tomar partido y prefiere quedarse en la cómoda ambigüedad, sobre el bien y el mal, equiparando moral y políticamente a los agresores con los agredidos. Hay una reiteración de ejemplos históricos en los cuales los demonios del imperialismo –Milosevic, Saddam, Kim il Sung, etc.,- provocaron el descuelgue sucesivo de diversos sectores de la izquierda, unos por convicción y otros por confusión o miedo a ser encasillados junto al «eje del mal».

Cuando las próximas campañas de la propaganda de guerra recaigan sobre Hugo Chávez, Daniel Ortega o Raúl Castro, nuevos sectores de la izquierda occidentalista “descubrirán” argumentos que les muestre que “estaban equivocados” o los malos que son los nuevos “demonios”, y así podrán repudiar sus antiguas solidaridades con la conciencia bien tranquila. La enseñanza de esta izquierda es: no importa que el concepto de anticolonialismo quede arrinconado en el museo de la historia mientras no se salga de forma incorrecta en la foto, mientras no se defiendan opciones impopulares y mal vistas por el pensamiento dominante.

Parafraseando a Lenin, que definió al imperialismo como la fase superior del capitalismo, donde éste entra en descomposición final, podemos afirmar que la izquierda OTANista es la fase superior de la izquierda occidentalista, la fase terminal de una izquierda que está a la deriva y perdiendo sus últimas opciones de conectar con la realidad de las masas de sus propios países.

Hoy el imperialismo es un poder casi hegemónico que sólo encuentra escasos núcleos de resistencia, y las irresponsables posturas de la izquierda occidentalista contribuyen a disolver esta resistencia y a encubrir el carácter criminal del imperialismo. Por fortuna, algunos síntomas esperanzadores comienzan a vislumbrarse entre cierta izquierda, incluyendo algunos sectores de la izquierda occidentalista, que perciben la gravedad del momento y lo erróneo de algunas políticas. Hay señales esperanzadoras que apuntan al renacimiento de la izquierda internacionalista y anticolonialista, lo que permitiría unir esfuerzos de todos los gobiernos y fuerzas antiimperialistas y progresistas en una nueva fase de resistencia que frene la barbarie y la guerra infinita promovida por los gobiernos imperialistas y posibilite un avance para los trabajadores y pueblos oprimidos. En esa gran tarea deben colaborar, sin escatimar esfuerzos y sin dejar espacio al dogmatismo estéril y a los sectarismos disolventes, todos aquellos que se consideran internacionalistas y solidarios.


Fidel critica la intervención militar en Libia


ONU: Carta del Presidente Chávez leída hoy en la ONU por el canciller Maduro

Todos los seres humanos honestos deberíamos preguntarnos: ¿Acaso las más de 20.000 misiones aéreas de la OTAN contra Libia, no son la negación misma de esa imposición de Zona de Exclusión, acaso los cerca de 68 mil muertos y más de 142 mil heridos y 1 millon de desplazados no son acaso una violación a los derechos humanos del pueblo Libio?


Carta del Presidente Chávez leída hoy en la ONU por el canciller Maduro

Caracas 26 de septiembre del año 2011

Señor presidente de la Asamblea General

Distinguidos representantes de los pueblos del mundo.

Señoras y señores…

Dirijo estas palabras a la Asamblea General de Naciones Unidas, a este gran foro donde se encuentran representados todos los pueblos de la tierra para expresar las verdades de la Venezuela Bolivariana, las verdades,y reafirmar nuestro compromiso irrenunciable con la justicia y la igualdad, esto es con la paz, la paz, la paz, la paz.

No buscamos la paz de los cementerios como decía Kant con ironía sino una paz asentada en el más celoso respeto al derecho internacional. Lamentablemente la ONU, a lo largo de toda su historia, en lugar de sumar y multiplicar esfuerzos por la paz entre las naciones ha terminado avalando algunas veces, por acción y otras por omisión, las más despiadadas injusticias.

Siempre hay que recordar que en el preámbulo de la Carta de Naciones Unidas se habla de salvar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra, pura letra muerta. Desde 1945 para acá las guerras no han hecho sino crecer y multiplicarse inexorablemente, veamos una vez más hacia Libia destruida y ensangrentada por voluntad de los poderosos de este mundo.

Quiero hacer un llamado a la reflexión de los Gobiernos del mundo. Desde el 11 de septiembre del año 2001 comenzó una guerra imperialista que no tiene precedentes históricos, una guerra permanente a perpetuidad. Debemos mirar de frente la aterradora realidad del mundo en que vivimos, necesario es formular un conjunto de inquietudes a partir de los peligros y amenazas que nos asechan.

¿Por qué Estados Unidos es el único país que siembra el planeta con bases militares? ¿A qué le teme para tener tan escalofriante presupuesto destinado a aumentar cada vez más su poderío militar? ¿Por qué ha desencadenado tantas guerras llevando la soberanía de otras naciones que tienen los mismos derechos sobre sus destinos? ¿Cómo hacer valer el derecho internacional contra su insensata aspiración de hegemonizar militarmente al mundo en garantía de fuentes energéticas para sostener su modelo depredador y consumista? ¿Por qué la ONU no hace nada para detener a Washignton? Si respondiéramos con absoluta sinceridad a estas interrogantes comprenderíamos que el imperio se ha adjudicado el papel de juez del mundo, sin que nadie le haya otorgado tal responsabilidad y que por tanto la guerra imperialista nos amenaza a todos.

Washington sabe que el mundo multipolar es ya una realidad irreversible. Su estrategia consiste en detener a toda costa el ascenso sostenido de un conjunto de países emergentes negociando grandes intereses con sus socios y secuaces para darle a la multipolaridad el rumbo que el imperio quiera. Pero esto no es todo, se trata de una reconfiguración del mundo que se sustenta en la hegemonía militar yanqui.

La humanidad se está enfrentando a la amenaza cierta de la guerra permanente en cualquier escenario, y Libia lo demuestra: el imperio está dispuesto a crear las condiciones políticas para ir a la guerra. En la visión imperial del mundo se está invirtiendo el célebre axioma de clausewitz, la política es la continuación de la guerra por otros medios.

¿Qué hay en el trasfondo de este nuevo armagedón? El poder omnímodo de la cúpula militar financiera que está destruyendo al mundo para acumular cada vez más ganancias, la cúpula militar financiera que está subordinando de facto un conjunto de Estados. Téngase en cuenta que el modo de existir del capital financiero es la guerra, la guerra que arruina a los más y enriquece, hasta lo impensable, a unos pocos.

El canciller venezolano, Nicolás Maduro,

 lee una carta del presidente Chávez ante la ONU‎







Los niños libios están llorando!



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Denuncia urgente: Armas de la OTAN sirven para atacar y desestabilizar Argelia: Lanzagrandas RPG7 lanzadas en el pasado mes de junio por la OTAN en los Montes Nafusa a los bereberes traidores en lucha contra la Libia revolucionaria han sido utilizadas por los terroristas de Al Qaeda para atacar el aeropuerto Ferhat Abbas en Jijel (Argelia). Crece la indignación del pueblo argelino no solamente contra la OTAN que desestabiliza el norte de África sino contra el débil gobierno de Buteflika que ha mostrado una posición vacilante en relación al ataque a Libia. Se confirma nuevamente la alianza entre el imperialismo y su criatura, Al Qaeda, para destruir países independientes y movimientos progresistas.

La izquierda y la polémica sobre Libia. Internacionalismos de geometría variable

La izquierda y la polémica sobre Libia.
Internacionalismos de geometría variable

Iohannes Maurus


Es difícil desde las categorías habituales de la izquierda (lucha de clases binaria, representación de la clase obrera por un partido, socialismo etc.) comprender las revoluciones árabes y los propios movimientos sociales que, bajo distintas formas, están produciéndose hoy en Europa, en España y en Grecia, pero también en Gran Bretaña. Unos movimientos sociales de nuevo tipo que probablemente seguirán extendiéndose y que tienen muchos puntos en común con lo que ya pudimos presenciar en las diversas crisis políticas latinoamericanas: en el caracazo, el diciembre argentino, las luchas por el agua en Bolivia etc. Son luchas que, a pesar de la distancia geográfica y cultural y de los distintos discursos políticos en que se traducen responden a una misma situación: el dominio tendencialmente absoluto del capital financiarizado sobre las economías de los distintos países y las vidas de sus habitantes. No es de extrañar, por lo tanto, que los aparatos de propaganda del Imperio hayan hecho hasta ahora todo lo posible por ocultar las conexiones efectivas entre los distintos polos de una enorme marea de resistencias que amenaza al sistema capitalista en su conjunto. Más sorprendente y hasta lamentable es que estas conexiones hayan resultado indescifrables para un amplio sector de la izquierda latinoamericana y europea.

Del lado árabe, la relación entre los distintos procesos estuvo siempre bastante clara. Entre los puntos de referencia de muchos manifestantes tunecinos y egipcios estaban la revolución bolivariana de Venezuela o la revolución cubana: el paralelismo histórico era perceptible. Del lado latinoamericano, sin embargo, no se vieron, en general, estas revoluciones populares espontáneas y autoorganizadas con la misma simpatía. La reacción fue de desconfianza, cuando no de miedo, no fuera a ser que detrás de los dirigentes árabes derrocados estuvieran situados los gobernantes latinoamericanos de izquierda, en alguna lista secreta de los responsables de la CIA. La teoría de la conspiración pudo más que el análisis de las luchas de clases efectivas que se desarrollaban en Túnez, Egipto y un gran número de países árabes, así como en la propia Europa. La reacción defensiva, prevaleció sobre la percepción de una coyuntura revolucionaria, por otra parte evidente Si los déspotas iban cayendo uno tras otro y el proceso revolucionario se contagiaba como un reguero de pólvora, tenía que haber sido orquestado por algún poder oculto. A nadie se le pudo ocurrir que existe un espacio geopolítico y de civilización específicamente árabe, con estructuras y coyunturas sociales y políticas afines en el que el contagio es relativamente fácil. En el poco francófono Egipto, se podían ver carteles de "Mubarak, dégage" (Mubarak, lárgate) en buen francés de Túnez, en el Bengasi liberado, una señora canta el himno nacional...tunecino que honra a los mártires de la independencia. Hay una intertextualidad de las revoluciones árabes, como la hubo - y la hay- de las latinoamericanas. Sin embargo, para un sector de la izquierda acostumbrado por la guerra fría a pensar en términos de bloques, la improbable conspiración del imperio contra regímenes amigos e incluso vasallos como el de Ben Ali o el de Mubarak podía ser la antesala de un ataque contra los gobiernos revolucionarios de América Latina. Frente al bloque del Imperio, sólo cabía la desconfianza ante las nuevas revoluciones, tanto más cuando sus protagonistas no eran "obreros organizados y conscientes", sino en gran medida trabajadores precarios, estudiantes y miembros de las clases medias urbanas depauperadas por la economía financiarizada a través del arma implacable de la deuda con su cohorte de liquidación de derechos sociales y de servicios públicos.

La teoría de la conspiración, sin embargo, pareció encontrar una confirmación cuando un sector importante del pueblo libio se alzó contra el déspota local y dirigente de una supuesta "revolución". Esta fingida postura "revolucionaria" nunca impidió a Muammar el Gadafi matar comunistas y otros militantes de la oposición ni establecer pactos con personajes como Berlusconi y los dirigentes de la Unión Europea sobre "la gestión de las fronteras de la UE", cuyo contenido real da escalofríos. Gadafi no mostró grandes reparos ante la invasión de Iraq, ni se negó nunca a ayudar a norteamericanos y británicos en su "guerra contra el terror", haciendo que sus expertos servicios policiales sometieran a "minuciosos interrogatorios" a los prisioneros que les entregaban. Por no hablar de las medidas de política interior, como la entrega del petróleo libio a empresas occidentales. Nada, sino esta identificación con una revolución de pacotilla y el miedo a ser los siguientes en la lista, justifica la solidaridad que, desde el primer momento, el presidente Hugo Chávez manifestó hacia el tirano libio acosado por la insurrección de buena parte de su pueblo. Gadafi dio, sin embargo, al Imperio la oportunidad que le hacía falta para entrar en la región e intentar interferir en los procesos revolucionarios en curso: lo hizo reprimiendo con brutalidad a la población insurrecta y forzándola a defenderse por las armas, lo que nunca se había producido en las demás revoluciones árabes. Francia y en menor grado el Reino Unido aprovecharon esta oportunidad inesperada para recuperar ante los pueblos árabes algo de influencia, pues precisamente las revoluciones de Túnez y de Egipto habían derribado a sus protegidos en la zona. Para intervenir en Libia, naturalmente, tuvieron que metamorfosear de nuevo a Gadafi y, en pocos días hacer del "amigo de occidente un poco extravagante" del que hablaba Aznar un déspota que oprime y asesina a su población. 

La ayuda a la población insurrecta contra el déspota respetó la plantilla de las intervenciones habituales de la OTAN: bombardeos de objetivos civiles y militares, violación de la carta de las Naciones Unidas y de la propia Carta Atlántica al proponerse un "cambio de régimen" como objetivo de una operación destinada a "proteger a las poblaciones" y el largo etcétera que conocemos desde la guerra de Yugoslavia y las guerras del Golfo, pasando por Afganistán. El coste para la insurrección libia de esta "ayuda" mediante el bombardeo humanitario es evidente. También es enorme el riesgo de que la revolución Libia quede secuestrada por quienes le han ayudado a triunfar. Algo de sobra conocido para quien conozca la historia de Cuba o la de Filipinas, países en los que los Estados Unidos "ayudaron" a las poblaciones locales a liberarse de los españoles para después recolonizar en grados diversos ambos países. A pesar de este coste y de este riesgo, tiene razón Santiago Alba y tienen razón nuestros amigos y compañeros árabes en sostener que todo habría sido peor si se hubiera permitido a Gadafi aplastar la revuelta, pues el pedigrí represivo del amigo de Aznar y Berlusconi no deja lugar a ninguna duda. Por no hablar del terrible ejemplo que habría dado a los demás tiranos árabes.

La situación de Libia y la de las demás revoluciones árabes es compleja, pero ¿acaso hay un solo proceso revolucionario que no lo sea? ¿acaso ha habido una sola revolución cortada por un patrón preexistente? La propia revolución cubana fue vista en sus primeros momentos por la izquierda como una simple revolución democrática y antiimperialista burguesa...En este momento, tanto en Túnez, como en Egipto o en Libia existen gobiernos que ya no representan enteramente a la dictadura, pero que tampoco son expresión de la voluntad del pueblo insurgente. El Consejo Nacional de Transición, alianza inestable de oportunistas prooccidentales, islamistas más o menos radicales y tránsfugas del régimen de Gadafi no representa la revolución libia, cuyos verdaderos protagonistas, los shabab (jóvenes) que resistieron contra Gadafi no han dicho aún su última palabra. Cierto es que estamos en las primeras fases de esos procesos revolucionarios y que existe una enorme incertidumbre, pero esto, más bien, sería una razón para que los países que ya han pasado por trances semejantes y han conseguido realizar importantes transformaciones presten su apoyo a estos procesos y dentro de ellos a las fuerzas de izquierda que, por fin, están renaciendo en el mundo árabe. No dice otra cosa mi querido amigo y camarada Santiago Alba, y, por decirlo, ha sido tachado de "agente de la CIA" o de émulo del filosofastro Bernard-Henri Lévi. Siempre se descubre algo: no sabía yo que la CIA contratara a defensores públicos del comunismo y de los procesos revolucionarios anticapitalistas y antiimperialistas del mundo entero, ni que tuviéramos que dar la bienvenida a Bernard-Henri Lévi al bando de quienes combatimos el imperio del capital. Que el sectarismo no nos ciegue: ni la CIA es tan tonta, ni Bernard-Henri Lévi se ha caído del caballo...camino de Damasco.


Desde el Perú canto coral a Tupac Amaru
para Mohamar al Gadafi




El Gobierno Libio, el respaldo de su pueblo y la oposición de las tribus a la OTAN hace imposible un gobierno marioneta del CNT

Mientras que la Gran Yamahiriya ya tiene un nuevo gobierno nacional apoyado por las tribus, la intelectualidad patriótica y las fuerzas armadas, los fantoches del llamado “CNT” se ven en la incapacidad de constituir un gobierno ni siquiera de fachada. Los jefes de las tribus rechazan dar su apoyo a semejante engendro nacido de los cuarteles de la OTAN y las oficinas de los gobiernos agresores. Mientras tanto crecen las disputas entre las fracciones pro OTAN y analistas señalan que Jalil o Jibril pueden ser los siguientes en ser asesinados como lo fue Yunes por los terroristas de Al Qaeda que, reforzados por el nuevo apoyo que les da la CIA, se sienten eufóricos para establecer un emirato fascista en todo el norte de África. Ver análisis del destacado arabista Gilles Munier al diario argelino

Libia: Abdel Jalil podría ser
la próxima víctima después de Younes

Entrevista realizada por Gilles Munier Ramdane Belamri (El Khabar, Argelia -27/9/11)

Gilles Munier, un periodista independiente y escritor, vivió gran parte de su juventud en Argelia y Marruecos, donde su familia el apoyo al FLN. Se incorporó a la vida militante en Argel en 1962 y 1970, el apoyo a la lucha del pueblo palestino, y ha profundizado su comprensión del Islam por Malek Bennabi. Él es el autor de laGuía de Irak (Juan Picollec Ed. 2000), Los espías del oro negro (Alfeo-Koutoubia, 2009) y coordinó la traducción al francés de Zabib y el Rey (Ed. du Rocher , 2003), novela escrita por Saddam Hussein que se reunió en cinco ocasiones. Trabaja hoy en mensual Asia África y escribe el blog de ​​Francia e Irak Noticias.

El Khabar: ¿Dónde está Libia? En su opinión, a un futuro de paz, como proclamó Nicolas Sarkozy, o la guerra de clanes entre los miembros de la CNT, y entre la CNT y la AQMI?

Gilles Munier: Por desgracia, el futuro de Libia es oscuro e incierto. La guerra entre los clanes de la CNT entre la CNT y el Grupo Islámico de combate, tras la cual se cierne la AQMI, se inició con la intervención de la OTAN. Estas luchas han surgido en el asesinato del general Younis. ¿Quién será la próxima víctima: Abdeljalil Mustafá, presidente de la CNT?Djibril Mahmoud, su N º 2? Ali al-Issawi, Ministro de Relaciones Exteriores? Gente como Abdel Hafiz Ghoga, el abogado de derechos humanos de activistas, o salafistas Sheikh Ali Salabi que también forman parte de la CNT tiene legitimidad, obviamente, más que los agentes occidentales.

Recientemente, mientras que la CNT ha anunciado la formación de un próximo gobierno"crisis" , los jefes de los combatientes en el campo Misrata creado una Unión de los Batallones de la Revolución . Hoy en día, los jefes de los consejos militares de Trípoli y Benghazi - los miembros de la lucha contra el Grupo Islámico Libio (LIFG) - no se siente responsable ante el Ministro de Defensa de la CNT, designado de entre los miembros de la tribu de General de Younis para calmar su deseo de venganza. Es un error poner el Grupo Islámico Combatiente Libio y el AQMI en la misma bolsa. El primero no está subordinado a otro, pero hay puentes entre las dos organizaciones que se encuentran, según lo declarado por Abdelkrim Belhadj, comandante militar de Trípoli "en el mismo lugar al mismo tiempo" . Lo cierto es que los servicios secretos occidentales se han beneficiado de la guerra de Libia para establecer contactos con las organizaciones islámicas, las listas de sus miembros en la preparación para su uso o eliminación. Activistas LIFG sabemos por experiencia que no tienen ninguna ilusión de estar de vuelta en el pensamiento occidental. Su destino dependerá del momento del país junto a desestabilizar. Después de que Libia y Siria, ¿quién? Argelia puede ser. La reciente declaración atribuida a Sarkozy - "un año de Argelia, tres en Irán" - y las palabras "  off "hecha por embajadores de Francia en el Estado de Argelia - "país patético", "monolítico" ... etc ... -, amablemente distribuido por la revista pro-Israel valores actuales  sugieren. El suministro de armas a los rebeldes Berberists Jebel Nefoussa en Libia, ciertamente no era inocente.

El Khabar: En el frente de seguridad, ¿cree usted que Gaddafi podría resistir mucho tiempo?

Gilles Munier: Gaddafi no tiene medios para resistir a la cabeza de duración. El equilibrio de poder es muy desigual. Pero, sea cual sea el caso, la lucha de los libios se opuso a la ocupación de su país por la OTAN va a continuar. Si los occidentales son capaces de detener o matar a Gaddafi, otros líderes le siguen. En Trípoli, la resistencia se organiza, el pro-CNT abrazo de las paredes. El "Sarkozy circo", con sus 160 CRS-ropa, ha puesto su tienda un par de horas en Libia por razones de seguridad. No es muy glorioso para un"ganador"  ! Esto es una reminiscencia de George W. Portador de Bush avión, declarando que ganaron la guerra en Irak ... El resto es historia.

El Khabar: Exactamente, ¿se deduce que durante años la situación en Iraq, podemos comparar las guerras del Golfo y el de Libia?

Gilles Munier: Sí y no. En Irak, una intervención militar occidental fue masiva de tierras y el aire.El país sometido a embargo por 13 años, estaba de rodillas. La caída de Bagdad después de que el uso de los americanos de una nueva arma -probablemente neutrones - en la batalla del aeropuerto. La oposición está financiada por la CIA llegó a la vanguardia del ejército de ocupación. Saddam Hussein fue detenido y ejecutado, pero la resistencia no ha parado. Las bajas civiles en los cientos de miles de personas.De acuerdo con EE.UU. e iraquíes estadísticas oficiales, más de 2.600 civiles, policías y militares iraquíes, así como 35 soldados de EE.UU. murieron en Irak el año pasado. Esto no impide que el primer ministro Nuri al-Maliki, declaró que Irak "es la región más segura en el mundo árabe"  ! De hecho, el aceite fluye. Los ingresos de Irak son uno de los cuatro países más corruptos del mundo. Los iraquíes muestran todos los viernes en demanda de mejores condiciones de vida y unas elecciones verdaderamente democráticas en la indiferencia de los medios de comunicación occidentales. La etiqueta de los medios de comunicación"revolución árabe" que se asigna de acuerdo a los intereses occidentales.

En Libia, fue el bombardeo de la OTAN, suministros de armas, maletas euros y la intervención en el terreno de las fuerzas especiales francesas y británicas y las compañías militares privadas, que han permitido a los opositores al progreso y a Trípoli. La CNT se le prometió destinar 35% de petróleo de Libia a Francia? Yo lo dudo. Él va a comprar los aviones Rafale y la planta de energía nuclear rechazado por Gaddafi? En Irak, los compinches de Bush se han llenado los bolsillos y los de Sarkozy en Libia esperando a que alguien devuelva el favor. En cuanto al coste de la operación para el francés, Alain Juppé, no le importa, "es una inversión en el futuro", dijo.



La resistencia libia se inmola,
mientras busquemos la vacuna
contra el virus Sarkobama

Cuando se descubre una vacuna contra un mal que mata millones el alivio llega a cientos de millones. Hoy la resistencia libia lucha por su independencia y sin que ellos lo sepan y que nosotros los agradezcamos, lo hacen por los pueblos donde se piensa aplicar el modelo del que Obama dijo, en discurso público, demuestra de lo que son capaces de hacer, como un logro presentado al mundo.

La vacuna no pasa por gastar millones en armamento. Hay que armar redes propias, en servers que no dependan de Google, ni de Facebook, ni de Twitter que ya sabemos censuran, dan datos personales o de última bajan la llave y apagan todo. La vacuna contra el Sarkobama pasa por destruir a verdades su pata Gran Hermano, la cadena global, las corporaciones mediáticas, que en el tema Libia demostraron en qué andan, para lo de Libia, para lo doméstico de cada país y para toda la agenda Bilderberg. Mienten en Libia y en todo lo demás.
Nos ponen a Khadafi delante como el árbol que tapa el bosque. En 1845 un intento anglosajón de navegar libremente por ríos interiores argentinos durante el gobierno de Juan Manuel de Rosas, tan cuestionado como Khadafi, provocó un enfrentamiento que se conoció como la Guerra del Paraná. También trajeron mercenarios como Garibaldi y su tropa saqueadora y violadora de la ciudad de Gualeguaychú y como en Libia trajeron tecnología militar de avanzada.

Si bien vencieron las defensa de Vuelta de Obligado y remontaron el río Paraná hacia el norte, la ida y la vuelta fue un apocalipsis victoriano que transformó una supuesta victoria festejada en París y Londres en una derrota que marcó derecho internacional sobre navegación de ríos interiores. En este caso la resistencia argentina fue antídoto y países como Brasil con el río Amazonas y Venezuela con el Orinoco se beneficiaron de la nueva jurisprudencia.

Cada día que resiste Libia debe ser un día para revelar y rebelarse del montaje de mentiras burdas, obvias, de diarios como El País, El Mundo, cadenas como Al Jazeera, BBC, CNN, poniendo los mismos títulos, sin cuestionar nada, sin trabajo de investigación, sólo el show televisivo de mostrar rubios corresponsables entre forajidos en 4X4  disparando a ninguna parte o las imágenes de la toma de Trípoli, en Qatar:



Estas son las bombas de racimo que intentaban acusar a las víctimas de que las estaban arrojando a pesar de que el ejército libio no voló ningún avión desde el principio del conflicto.

Solo la organización armada las está utilizando en Libia, mientras los medios internacionales, los expertos, las organizaciones humanitarias callan. Libia y los libios no se merecen esta agresión.


Libia y los libios no se merecen esta agresión


Libia: Libre y Verde

Desd Bani Walid interior - 24/09/2011





Sirte y Beni Walid, aún resisten frente al CNT


Muerte de Yunes: Se ha podido comprobar que le faltan varios dedos, le sacaron un ojo, le abrieron el estómago, le quemaron.
Mussa Ibrahim, portavoz del gobierno Libio ha declarado:

Las organizaciones Humanitarias de la ONU se han negado a ayudar a los civiles libios.
Llamamos a los medios internacionales, les mostramos nuestros muertos civiles y se niegan a publicarlo.
.....................................................................................................
Libia está en llamas, los misiles de la OTAN están matando a los civiles en nombre de "protección" por favor que los seres humanos de todo el mundo se indignen y exijan que pare esta barbarie genocida 

Libia: fariseos y la destrucción de un pueblo pacifico y Libre

Libia: fariseos y la destrucción de un pueblo

 Por: Jorge Capelán y toni solo

La clase gerencial-intelectual de la izquierda neocolonial se hunde cada vez más en sus contradicciones con cada nuevo artículo que sus representantes publican sobre Libia. Ahora el turno le toca a Santiago Alba Rico en “Libia, el caos y nosotros” publicado en Acomodación este 20 de septiembre. Es uno de varios artículos que han aparecido apoyando la irrisoria idea de que ha habido una revolución popular en Libia. Es más que evidente que una mayoría del pueblo libio apoyó a la Jamahiriya y pelea ferozmente contra una minoría de libios sobornados y chantajeados por los gobiernos occidentales, apoyados por un gran número de mercenarios extranjeros y por las fuerzas de la OTAN. Es absurdo designar como revolución este golpe-insurrección por contrato.

Como lo ha expresado muy bien el partido Tudeh de Irán, que se opone al sistema de la Jamahiriya libia: “Consideramos que la política de ‘cambio de régimen’ de las fuerzas afiliadas a los imperialistas contrasta completamente con los supremos intereses del pueblo libio y de los pueblos del Medio Oriente y lo condenamos. De hecho, aun si las fuerzas opositoras al régimen dictatorial de Ghaddafi lograsen controlar el país o una parte significativa del mismo con el apoyo militar y bajo la cobertura de los aviones bombarderos y los misiles cruceros destructivos de los países imperialistas ¿cómo podría su poder y autoridad tener alguna legitimidad popular?” (http://www.solidnet.org/iran-tudeh-party-of-iran/1389-tudeh-party-of-iran-stop-bombing-libya)
LOS HERMANOS DE TUDEH comparten la falsa idea que la Jamahiriya libia fue una dictadura y que el dictador fue Muammar Al Ghaddafi. Ninguna dictadura habría sobrevivido a la agresión despiadada de la fuerza militar de la OTAN durante tantos meses. A pesar de ese error analítico, los hermanos de Tudeh entienden el concepto de la legitimidad. Y ven que una minoría oportunista y mercenaria no puede constituir un gobierno legítimo si llegan al poder en base del poderío militar de los países imperialistas de Norte América y Europa.

El artículo de Alba Rico afirma, “No voy a entrar en una polémica muy pugnaz que ha fracturado el campo anti-imperialista; sólo quiero dejar constancia de que el único lugar donde esa polémica no ha existido ha sido curiosamente el lugar donde se producían los acontecimientos.” Sin embargo, se mete de lleno en la polémica y lo hace mintiendo de manera descarada. El sentido y significado de los acontecimientos en Libia han dado lugar a fuertes y vigorosas discusiones en toda la región desde Argel hasta Ciudad del Cabo. Alba Rico da prueba de un dudosamente ingenuo sesgo hacia el mundo árabe en su perspectiva hacia el país agredido por la OTAN. Sin embargo, el significado fundamental de la agresión y el golpe-insurrección contrarrevolucionaria en Libia tienen que ver más que todo con su carácter de país africano.

 Pero aún sin tomar en cuenta la dimensión africana del conflicto, Alba Rico está equivocado al sugerir que la mayoría de la izquierda en los países árabes o del Oriente Medio apoya al CNT. El partido Argelino por la Democracia y el Socialismo, partidos de izquierda de Iran como Tudeh, los partidos comunistas del Líbano y de Turquía, han adoptado posiciones que claramente cuestionan la legitimidad de esa banda de contrarevolucionarios, mercenarios y peones de los poderes extranjeros. EN ÁFRICA ES NOTORIO EL APOYO de movimientos a favor de la Jamahiriya libia y Muammar al Ghaddafi en todo el continente. Cuando Alba Rico habla del aislamiento de la Jamahiriya toma una posición totalmente eurocéntrica, ignora el amplio apoyo a ésta en África, Asía y América Latina, entre otras cosas, por la posición política de la Jamahiriya a favor del diálogo y una paz negociada, pero también por experiencias históricas y recientes de la solidaridad libia.

Sobre América Latina, Alba Rico se refiere desdeñosamente acerca de las posiciones de Nicaragua y Venezuela, ignorando de manera insidiosa la posición contundente del bloque conformado por todos los países del ALBA. Ignorando al movimiento de solidaridad en los Estados Unidos, Alba Rico elige también ignorar olímpicamente el incómodo hecho de que la izquierda negra en pleno se ha volcado a condenar la invasión imperialista de la OTAN desde el primer momento. En una operación de evidente mala fe, el autor llama a todos estos grupos, y a los demás grupos en todo el mundo, aún en el centro imperialista, que se han levantado en solidaridad con Libia, “occidentales”.

En fin, Alba Rico, igual que los escritores que comparten sus criterios, deliberadamente, deshonestamente y de una manera racista ignora los masivos crímenes de lesa humanidad cometidos por los asesinos, torturadores y violadores del CNT.

 POR OTRO LADO, ESTA ES LA LISTA de países que rechazaron, se abstuvieron o no se presentaron a la votación para reconocer al CNT en la ONU. La rechazaron: Angola, Bolivia, Cuba, República Democrática del Congo, Ecuador, Guinea Ecuatorial, Kenia, Lesotho, Malawi, Namibia, Nicaragua, Sudáfrica, Suazilandia, Tanzania, Venezuela, Zambia y Zimbabue. Se abstuvieron: Arabia Saudí, Argelia, Antigua y Barbuda, Camerún, República Dominicana, El Salvador, Indonesia, Malí, Mauritania, Nepal, San Vicente y las Granadinas, Surinam, Trinidad y Tobago, Uganda y Uruguay. No participaron: Albania, Bielorrusia, Burundi, Camboya, Corea del Norte, Eritrea, Guinea, Guinea-Bissau, Haití, Guyana, Mozambique, Myanmar, Nigeria, Pakistán, República Centroafricana, Ruanda, Somalia, y toda la antigua Asia Central soviética.

Es irrisorio entonces hablar como si existiese un consenso contundente en contra de la Jamahiriya libia y Muammar al Ghaddafi. Lo que existe es un Bloque Occidental dominado por sus élites fascistas – la alianza militarista de la clase dominante política con la clase capitalista corporativa – que han ejercido enorme presión diplomática y económica sobre sus aliados para lograr el resultado deseado. Como Neville Chamberlain y Eduardo Daladier en Munich, Dmitri Medvedev de Rusia y Hu Jintao de China han sacrificado Libia como aquellos sacrificaron lo que fue Checoslovaquia para apaciguar la bestia militarista de la época, la Alemania Nazi.

YA ESTAMOS EN UNA GUERRA MUNDIAL declarada abiertamente por sucesivos administraciones de los Estados Unidos apoyados por sus aliados del Pacífico y de Europa. Y es natural para Alba Rico y los demás colaboradores acomodados de la guerra psicológica de la OTAN, la bestia militarista de nuestra época, sugerir que la ola de protestas en el norte de África constituye un fenómeno nuevo y exitoso. Al contrario, las revueltas populares en esos países no son nada nuevo. Han tenido protestas populares desde los tiempos coloniales. Todavía está por verse si de ellas resulta algo positivo en beneficio de los pueblos. La situación en Libia ha sido muy diferente de la de Egipto, Túnez y los demás países de la denominada (hasta por Barack Obama y John McCain) “primavera árabe”. Y es muy falso de parte de Alba Rico el pretender que él sabe qué fue lo que pasó en febrero en Libia. No lo sabe.

La información disponible ha sido totalmente confundida y sesgada. Lo único que sabemos es que hubo algún tipo de protesta mezclado con algún tipo de acción armada. De allí no sabemos nada con seguridad. Lo que sí sabemos es que casi inmediatamente se pasó a una fase de insurrección armada e intento de golpe de Estado que fue aprovechado desde su inicio por los gobiernos de la OTAN.
TODO INDICA QUE TUVO LUGAR un golpe-insurrección por contrato apoyado desde mucho antes por la OTAN y sus aliados en los gobiernos árabes represivos de la región. Gente como Alba Rico se contradice de plano al hablar de una insurrección popular que misteriosamente estaría necesitada del apoyo “democrático” de la OTAN. Ahora, hipócritamente, gente como Alba Rico y el palestino Ramzy Baroud plantean que no estaría mal si el CNT se liberara de la intervención extranjera para volver a ser verdaderamente libres (o independientes, como tal vez sí lo eran durante la Yamahiriya) y así poder completar la “revolución popular”. Es difícil encontrar algo que iguale semejante falta de seriedad.

De hecho, sería bueno que Alba Rico escarbase un poco en la historia de las revoluciones populares, para que se diese cuenta de que ninguna de ellas se llevó a cabo con la ayuda del colaboracionismo con las invasiones imperiales. Claro, que como el mismo autor lo explica, los “pueblos árabes” (como si la situación de Libia se pudiese reducir a la de un “pueblo árabe”) se encuentran ante desarrollos históricos que ni el mismo Marx pudo prever – tiempos orwellianos en los que, según Alba Rico, el imperio significa la independencia. Es una lástima que esta novísima teoría no sea en realidad tan nueva como Alba Rico se lo imagina: Ya ha sido esgrimida por incontables camadas de personalidades “progresistas” desde que el imperialismo en su sentido moderno de la palabra ha existido. Fue, en el fondo, la misma argumentación que hizo a los socialdemócratas europeos alabar los dones benéficos del colonialismo a inicios del siglo XX, y es la misma argumentación con la que se justificaron las dos guerras de Yugoslavia, la ocupación de Afganistán, la invasión a Irak, la fracasada misión de la ONU en el Congo, el golpe e “intervención humanitaria” de la MINUSTAH en Haití y, al mismo tiempo que en Libia, la colonialista intervención de Francia en Costa de Marfil.

PARA ESTOS BOMBARDEOS DE LIBIA, para estas masacres, para estos pogromos contra inmigrantes africanos, intelectuales como Alba Rico, para estas condiciones que “Marx jamás previó”, echan mano de los mismos argumentos de los “marxistas” iraquíes que en su día bendijeron las bombas de la OTAN y que hoy se encuentran nadando en alguna letrina recóndita de la historia. De poco o nada les sirve, como lo hace Alba Rico, el invocar a Sartre (debería darles vergüenza hacerlo), o llamar “occidentales” a los que se alzan contra el imperio. Cada ideología justificante del atropello imperial echa mano a su variante particular del diversionismo. No hay nada nuevo tras esas viejas mañas.

Es de un cinismo inmoral evidente el acusar a los que nos opusimos y nos oponemos consecuentemente a la intervención en Libia de proveer de argumentos a la OTAN, cuando fueron partidos como el NPA (Nuevo Partido Anticapitalista), el PCF (Partido Comunista Francés), el PG (Partido de la Izquierda, una escisión del PS) y Los Verdes en Francia, los que a coro se sumaron al apoyo de la intervención humanitaria. No fuimos nosotros sino los representantes de los dos principales sindicatos españoles CGT y CCOO los que calificaron la intervención como un “mal menor”. No fuimos nosotros sino el Partido de Izquierda sueco el que votó a favor de permitir el envío de cazas de combate a Libia. En fin, la lista de los que dieron su apoyo a ese crimen y a los crímenes que de él se derivan es larga, y en ella se encuentran los intelectuales que permitieron y permiten racionalizarlos.

LA BAJEZA MORAL Y LA PLENA COLABORACIÓN con la OTAN de este tipo de argumentación de parte de los narcisistas de la izquierda neocolonial llega al colmo cuando minimizan la agresión de la Alianza Atlántica contra el pueblo libio. Alba Rico alerta que la situación es muy compleja: “La OTAN misma es consciente de esta complejidad, como lo demuestra el hecho de que -tal y como recuerda Gilbert Achcar- ha bombardeado muy poco Libia con el propósito de alargar la guerra y tratar de gestionar una derrota del régimen sin verdadera ruptura con él”, escribe. Pero miente. Libia ha sido bombardeada sin merced para destruir toda su infraestructura. Es como decir que los sionistas solo bombardearon “un poquito” Gaza o Beirut. Las grandes ciudades de Libia han sido destruidas. Alba Rico sugiere que esto fue a propósito para alargar la guerra. Es obvio que argumenta así porque no puede reconocer que el motivo de los bombardeos constantes durante estos siete meses ha sido la resistencia de la mayoría del pueblo libio que rechaza el CNT. Primero (en las primeras horas) bombardearon los aeropuertos y lo que hubiese de fuerzas aéreas. Muy pronto bombardearon las unidades e instalaciones del ejército libio – algo para lo que ni siquiera tenían mandato. Luego, ante la firmeza de la gran mayoría del pueblo libio, llevaron adelante una campaña estilo sionista de eliminación “selectiva” de los dirigentes tribales defensores de la Jamahiriya, sin siquiera pararse a pensar que al bombardear sus viviendas también estaban asesinando niños, ancianos y mujeres. Como eso no dio resultado, pasaron a los bombardeos indiscriminados, igual que como lo hizo el ejército de ocupación italiano en Libia a inicios del siglo pasado. Mientras tanto, gente como Santiago Alba Rico estaba aplaudiendo esta invasión y esta intervención, erigiendo fachadas ideológicas para la desmovilización y hasta para el aplauso a los crímenes de los gobiernos occidentales.

OTRO TEMA TERGIVERSADO POR los colaboradores de la guerra psicológica de la OTAN contra los pueblos del mundo es lo de los fondos soberanos del pueblo libio. Los propagandistas de los medios corporativos de la OTAN hablan del dinero de “Ghaddafi” para acentuar la caricatura de un dictador-payaso sangriento y corrupto – y encuentran eco en los representantes de la izquierda neocolonial.
Estos hablan como si una dictadura pudiese acumular un fondo de más de US$200 mil millones e invertirlo en claro beneficio del pueblo libio y de los pueblos africanos. Aplican un hipócrita doble rasero. Para ellos son democracias los estados que toleran el criminal sistema financiero norteamericano y europeo que chupa la riqueza de los pueblos para alimentar mejor a las élites. En cambio, tergiversan el manejo claramente a favor del pueblo libio y sus hermanos pueblos africanos por las instituciones de la Jamahiriya, por más imperfectas que sean, y lo llaman dictadura. Es importante señalar esta patética y estúpida contradicción de los intelectuales del Bloque Occidental.

Antiimperialismo es luchar contra el imperio occidental-sionista y atlantista que en nuestro tiempo histórico expresa la concentración última del poder militar, político y económico del sistema de privilegios y de opresión del capitalismo. Es luchar contra el obstáculo principal para la realización de todos los demás derechos de la humanidad y contra la principal amenaza para la existencia de la vida en el planeta.

Antiimperialismo también es defender a los estados nacionales en la medida en que sean espacios en los que palabras como democracia, socialismo, e independencia tengan un sentido y en la medida en que, por ser obstáculos a la libre expansión del saqueo imperial, sean objeto de agresiones. Antiimperialismo es defender y por encima de todo respetar los liderazgos que los pueblos han designado para sí mismos y dejar a estos pueblos la última palabra sobre la interpretación de sus experiencias históricas.

EL DILEMA QUE PLANTEAN INTELECTUALES como Alba Rico, entre defender un proyecto democrático, socialista o anticapitalista en abstracto, y la liberación del imperialismo, es un dilema falso ya que la legitimidad popular de un proyecto y la lucha por la independencia nacional se condicionan mutuamente. Poco y nada avanzan las aspiraciones revolucionarias de los pueblos del Oriente Medio con una Libia invadida y con un Mahgreb en llamas. Por el contrario, la guerra contra Libia ha significado el último clavo en el ataúd del orden del derecho internacional establecido en la Carta de las Naciones Unidas.

Con la resolución 1973 del Consejo de Seguridad – una razón que sólo movimientos totalmente carentes de visión política pueden aplaudir – se sancionó por decreto la doctrina de la Responsabilidad de Proteger y con ello se impuso el orden de la barbarie. Las Naciones Unidas ya se encontraban en crisis, es cierto, pero ese orden ya caduco no se hará más fácil de transformar con el asesinato del derecho internacional, especialmente en un mundo ya prácticamente multipolar pero controlado por la dictadura anacrónica de unas pocas potencias, la mayoría de ellas miembros de la OTAN.

ENTRE LOS DUDOSOS AVANCES APLAUDIDOS por la izquierda neocolonial se encuentra la ampliación de la discrecionalidad del ilegal Tribunal Penal Internacional a niveles con los que la administración Bush sólo llegó a soñar. El mensaje de la resolución 1973 es muy claro: de ahora en adelante, todo vale. Y lo que vendrá son más guerras que los falsos progresistas y los falsos radicales de siempre, una y otra vez azuzarán mostrando, al mismo tiempo, caras de inocencia y lamentación.

La reciente resolución 2009 demuestra contundentemente que la ONU está sujeta a una ingeniería virtual generada por la guerra psicológica de los países de la OTAN y sus aliados. El contenido de la resolución no tiene la más mínima conexión con la realidad en Libia. Esta situación se ha facilitado por el fracaso moral e intelectual de los fariseos de la izquierda neocolonial narcisista. Efectivamente, éstos se han aliado con los enemigos de la humanidad.

La agresión colonial contra Libia constituye una profunda ruptura que tendrá muchas secuelas previsibles e imprevisibles. Una de ellas será la marginación de viejos esquemas de producción intelectual y el desarrollo de diferentes expresiones de resistencia cultural, de producción intelectual basadas en la realidad de los pueblos. Algo positivo que el pueblo libio nos ha demostrado es el imperativo de respetar la sabiduría y la soberanía de las decisiones políticas de los pueblos.

El pueblo libio y su Jamahiriya luchan para resistir la re-colonialización de África por los grandes poderes globales. En este momento, la persona que simboliza esa lucha al lado de su pueblo es Muammar al Ghaddafi. Lo que nos toca hacer ahora es demostrar nuestra solidaridad y apoyar sin reservas la lucha del heroico pueblo libio.

 


Balas sobre Trípoli:
"los medios de comunicación alimenta la agresión de la OTAN”




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