sábado, 23 de julio de 2011

¿POR QUÉ GADAFI SIGUE EN PIE?


¿POR QUÉ GADAFI SIGUE EN PIE?
Por Aníbal Romero

La guerra, decía Clausewitz, es la continuación de la política por otros medios. El éxito exige tener claro el fin político (qué se pretende lograr con la guerra), así como los objetivos militares (qué se pretende lograr en la guerra).

La guerra civil libia es un interesante caso de deliberada confusión, por parte de los aliados occidentales, acerca del objetivo político; confusión que ha degenerado en estancamiento, amenaza con prolongar la lucha y, eventualmente, generar una severa crisis humanitaria; es decir, precisamente lo que dijeron aquéllos que evitarían con su intervención militar.

Es obvio que el fin político de Washington, París y Londres ha sido desde el principio derrocar a Gadafi. No obstante, para disimularlo, reducir resistencias internas y minimizar el riesgo para sus precarias bases locales de apoyo, los dirigentes occidentales buscaron la cobertura del Consejo de Seguridad de la ONU, que en una ambigua resolución estableció como fin político la protección de los civiles y para nada mencionaba el derrocamiento de Gadafi. Fue descartada además de manera expresa la "ocupación" extranjera del país.
En otras palabras, Rusia, China y la Liga Árabe admitieron la intervención, pero a medias, dentro de unos límites que complican en extremo el empleo de tropas terrestres y el apoyo masivo a los rebeldes.

La OTAN se lanzó a la aventura confiada en que su uso avasallador de la fuerza aérea procuraría a los rebeldes ventajas suficientes para que consiguieran un pronto colapso de Gadafi y su régimen. Pero los planes no marcharon como se esperaba. El poder aéreo no ha derrocado al dictador libio, y los rebeldes han mostrado que carecen de la destreza militar y el respaldo político necesarios para forzar una decisión al respecto.

Varias lecciones se desprenden, hasta el momento, de la experiencia libia. Nuestra época no es la primera en la cual las democracias occidentales, sus dirigentes y electorados, deciden que la guerra clausewitziana ya no debería ser un instrumento legítimo de la política, que ha de ser eliminada o convertida en una herramienta humanitaria. En lugar de ser la continuación de la política, las guerras de hoy son la continuación de la bondad por otros medios. Entre 1919 y 1938, los electorados y dirigentes de la Europa democrática vivieron ilusiones semejantes, hasta que sus quimeras estallaron.

Como sostuvo Orwell, el peor enemigo de la claridad en el uso del lenguaje es la hipocresía. Las democracias occidentales de hoy se sustentan en la permanente demagogia de unos políticos que viven de una popularidad frágil y pasajera; son democracias complacientes que miman a unos electorados poco dispuestos a enfrentar verdades desagradables, sea en el terreno económico, en el de la política internacional o en cualquier otro de pareja importancia. Para complacer a sus caprichosos votantes, los políticos ya no hacen la guerra, sino que se implican en causas humanitarias. El resultado de todo ello es que los desafíos a la seguridad internacional se multiplican y agravan, como puede verse en Libia, Corea, Irán y el Caribe. Occidente se desarma sicológicamente y los enemigos de la libertad toman aliento para conquistar sus metas.

Es mil veces preferible un político realista y sin pretensiones moralizantes, que sólo recurra a la guerra cuando el fin esté claro y los medios sean adecuados, antes que unos supuestos idealistas y predicadores de presuntuosas banalidades. Por lo que hace al Lider libio, recordemos a Maquiavelo: "Las ofensas deben hacerse todas de una vez, porque cuanto menos se repitan, menos herirán".

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